El destino del filántropo Manuel Arriarán
Tras el colapso de su monumento, ¿Será esta su muerte definitiva?
Como consecuencia del terremoto, el más importante director en los 189 años de vida del Cementerio General, corre el riesgo de perder su lugar en el Panteón Nacional ante la indiferencia general y la amenaza latente del Horno 3.

La angustiosa situación no parece tener un final feliz y se ignora el futuro del benefactor y su familia. Es la problemática que afecta a decenas de mausoleos en estado de abandono después del terremoto. Descendientes que ignoran lo que les pasó a las tumbas de sus antepasados, desinterés por cuidar a sus muertos o familias extintas, son los casos más preocupantes.
Pronto la administración publicará las listas de las obras afectadas cuyos familiares no hayan concurrido al Cementerio ni mostrado interés. Cumplidos los plazos comenzarán las enajenaciones y las demoliciones. ¿Las enajenaciones serán regulares y acogidas al Reglamento de Cementerios? Los temores surgen si se escucha lo que dice el Informe de Contraloría de noviembre pasado. ¿El Consejo de Monumentos Nacionales supervisará las demoliciones y las nuevas obras? La experiencia hasta ahora indica que no. ¿Que pasará con los muertos? En el 85 fueron trasladados mezclados entre los escombros hasta rellenos en Colina. El reglamento dice que deben ir a nichos individualizados, pero la experiencia dice que el final es anónimo y probablemente en el HORNO 3.
Las ruinas del mausoleo de Arriarán están ubicadas en avenida Arriarán, antigua av. Central, que cambió de nombre tras su muerte y que fuera proyectada por él en 1891, durante el ensanche del Cementerio que le dio gran parte de su forma y tamaño actual. Su arquitectura neoclásica seguía las líneas conservadoras del románico y construida con enormes bloques de granito gris, obra de arquitecto Carlos Corsi.

Pero las cosas han cambiado desde entonces. El terreno es muy apetecido por estar en una esquina relevante y en frente del los ex presidentes Arturo y Jorge Alessandri. Es un buen negocio “reciclar” terrenos y sabemos que ha habido irregularidades serias con estas prácticas. Por esto la familia Arriarán y muchos más están en aprietos y completamente desamparados en manos del “tutor” del Cementerio (Recoleta) que se supone debiera resguardar sus derechos de los muertos y no estar acechándolos como ocurre actualmente. De respetar el patrimonio arquitectónico o reconstruir el mausoleo de Arriarán, ni hablar.
El problema que amenaza a la tumba de Manuel Arriarán (y que no está previsto en ninguna ley o reglamento), es la desaparición de su presencia y su recuerdo, además de la eliminación de su nombre dentro del Panteón Nacional y de las páginas de la historia de Chile que son narradas por las construcciones del Cementerio.
¿Es justo que se desechen sus restos y enajenen su terreno, para ser revendido en beneficio de Recoleta, siendo que los ingresos que recibe anualmente la comuna (5000 millones) en parte se deben a la gestión que hizo Arriarán siendo Director y a las obras de ensanche a las que se debe su tamaño y estructura actual del Cementerio General?
¿Cómo podría Recoleta demostrar gratitud hacia el filántropo?: Quizás no enajenado el terreno, quizás recuperando las osamentas con cuidado y poniéndolas temporalmente en un lugar digno y quizás rescatando su memoria a través de la reconstrucción de su mausoleo o en el peor de los casos limpiar los escombros, reordenar las piedras de la ruina, dar sepultura a la familia en el subterráneo (que resultó intacto) y poner una placa recordatoria en la estructura reconstruida o en el túmulo de piedras.
¿Quién fue y por qué Recoleta y Chile deben gratitud a Manuel Arriarán?
1- Él fue el Director más relevante en los 189 años de historia del Cementerio. Lo dirigió ad honorem entre 1880 y 1906, vivió las tensiones de la época de las leyes laicas, realizó las mejoras que transformaron el recinto de un cementerio parroquial, a una necrópolis, cambiando su escala y conformación urbana. Es el equivalente de Vicuña Mackenna en la ciudad de los vivos. Después de la Ley de Cementerio Laicos, se pensó en abrir nuevos cementerios en Santiago, pero el apostó por mantener el Cementerio General con vida y él presentó su “Plan de Transformación” que contemplaba la compra de la Chacra Limay, la Quinta Dávila y el Cerro Blanco. Tomó un recinto que albergaba 500.000 almas y que llegaba hasta calle Dávila (dónde está Allende) y extendió en 3 veces su superficie multiplicando su capacidad, gracias a lo que se continuó desarrollando todo el siglo XX, hecho que permite que siga creciendo y densificándose, y que aún no haya cerrado y dé suculentos dividendos a su “tutor” tras una intensa explotación inmobiliaria.
2- El proceso de transformación urbano que realizó está a la vista: trazado de avenidas, construcción de la Puerta La Paz y los Portales, plantación de centenarias araucarias, cipreses, magnolios, siguiendo la imagen paisajística del Pere Lashaise de París, pavimentación de avenidas, liberación del mercado de suelos, sepulturas dignas para los pobres, cierre perimetral del muro de nichos de 2500 metros de extensión, la explotación de las canteras del Cerro Blanco desarrollándose infraestructura como el ferrocarril “Ducaville” de trocha angosta para llevar la roca del cerro al interior del Cementerio, lo que permitió la constitución de la necrópolis de piedra que tenemos hoy en el casco antiguo (rareza en el mundo). Todos estos adelantos propiciaron la “edad de oro” del Cementerio, que se desarrolló con la pujanza económica del salitre y el auge del culto a los muertos, formando la inmensa, prestigiosa y populosa necrópolis.
3- El Benefactor. Además de sus actividades en el Cementerio, Manuel Arriarán se dedico a otras necesidades de la Beneficencia Pública (organismo encargado de los temas humanitarios antes de crearse el Servicio Nacional de Salud). Fundó el primer hospital de niños de Santiago, para combatir la epidemia de sarampión de los años 1899-1900. Otras instituciones que llevan su nombre son el Liceo Salesiano Manuel Arriarán Barros y el Hospital San Borja Arriarán. Su corazón caritativo y justo, soñó una ciudad en la que todos podían enfrentar a la muerte con dignidad y para que los pobres no fueran enterrados y trasladados en sacos, en su testamento dejó la cantidad de “100.000 ataúdes de madera para los pobres de solemnidad”, en una época en que la población de Santiago bordeaba las 300.000 personas.
El tristemente famoso “pago de Chile”, es una realidad cotidiana en el Cementerio General de Santiago y al parecer Manuel Arriarán será una víctima más de la crueldad de nuestro olvido.











